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El de la camiseta del Chelsea Octubre 18, 2009

Posted by secu in Cuentitos, Tonteras Personales.
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pedrito

Ése que ven ahí arriba en la foto no es otro que Pedrito. ¿Pedrito? Sí! ese inocentón niño con la mirada fija en el suelo, vistiendo su camiseta regalona (la azul del Chelsea), junto a su reducido grupo de amigotes.

¿No lo reconocen?

Vale, es cierto que han pasado sus años y que ya no es tan rubio, no es tan bajo y ya ni piensa en ponerse una camiseta de futbol (menos la del Chelsea), pero la verdad es que ése es Pedrito.

¿Quién lo diría?

Pedrito de seguro que no. Ustedes lo conocen, Pedrito no es de muchas palabras. De vez en cuando intenta dárselas de intelectualoide y ponerse a la altura de las circunstancias (en especial cuando Ana empieza con su estúpida manía  de comentar películas noruegas que nadie ha visto), pero todos sabemos que Pedrito no es capaz de hilar dos frases sin morderse la lengua. Pobre chico, es como si el contacto social le anestesiara la voz y le fuera imposible decir más que “mmm”, “ajá” y “dale” (y un “mmmm dale” cuando está inspirado).

Lo que pocos saben es que el año en que se tomó esa foto Pedrito ganó un concurso de ortografía.

¿Sorprendidos?

Le ganó la final a Kimi (el asiático que viste el uniforme del Milan), deletreando “connoisseur” sin siquiera pestañear. Al salir del concurso sus padres le compraron un helado de chocolate, mientras telefoneaban a la familia entera (incluido el tío Juanito que estaba en la clínica)  repitiendo una y otra vez la gran hazaña de su “querido y culto angelito”. Fue su mejor noche. Cuando se acostó en la cama sintió lo que nunca más en su vida experimentaría: orgullo de si mismo, la impagable sensación de saber que mañana sería un buen día.

Para eso estoy aquí, para defender a Pedrito. Porque detrás de ese caminar torpe, esas palabras necias, esa baba cayendo de su boca cada vez que se concentra, esa ropa manchada con ketchup y ese horrible sonido gutural que hace pasar por risa, hay una persona. Una persona valiosa.

Sé lo que estan pensando. Tienen en su mente el “numerito” que se mandó el otro día. No sean injustos.. el que no haya pecado que lanze la primera piedra! Fue extraño, lo admito. Fue embarazoso, se los concedo. Pero la manera con la comenzó a patear a ese pobre indigente en el piso no fue más que una calentura del momento. Para él no era de importancia que fuera un homeless, tampoco influyó en su conducta que el tipo estuviera pidiendo dinero en la calle. Su accionar no fue una expresión de clasismo o discriminación, fue un acto de rabia solamente. Fue un vago, pero bien podría haber sido un nazi, un padre de familia o el mismísimo David Beckham.  Es que eso de la lucha de clases no le va a Pedrito.

Una vez Pedrito pasó toda una noche mirando películas de Brad Pitt. Cuando me lo comentó me dijo que lo había hecho porque el tipo “la llevaba”. Yo le dije que Brad Pitt siempre hacía buenas películas. Él me dijo “y nosotros qué?” Yo: “¿Nosotros que qué?” Pedrito: “Pues qué hacemos?” Le dije que no sabía. Él me dijo “hacemos la vida”.

¿Por qué menciono esto? Porque creo que Pedrito sabe algo más de lo que aparenta saber. Es un imbécil, pero se cuestiona cosas sobre su existencia. No es alguien capaz de resolver un ejercicio aplicando el Teorema de Thales, tampoco sabe completar cuadrados. Pero aprecia una buena película, cuida de su perro y se gana el pan de cada día sin perjudicar a nadie.

Respeten a Pedrito por favor. Se los pido de corazón.

Sí! Ese Pedrito, el de la foto. El ingenuo de la cabellera rubia que nunca se imaginó que llegaría a ser lo que hoy lamentablemente es. El que dejó pasar sus días sin haber pasado por ellos, el que triunfó una vez deletreando elegantemente la doble “s”, el que sabe que nosotros hacemos la vida y Brad Pitt las películas. Ese Pedrito, el de la camiseta del Chelsea.

De Cómo Celebré el Fin del Mundo Mayo 26, 2009

Posted by secu in Cuentitos.
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No recuerda como ni cuando empezó. Tan sólo un día despertó convencido de que algo andaba mal, como si su estómago pidiera a gritos una respuesta a una pregunta que ni siquiera era capaz de formular. Creía que en gran parte el origen del problema estaba en aquellas historias que le habían repetido una y mil veces durante el almuerzo. Su abuelo contaba que hace muchos años no existían las tiendas de sentimientos. Suena raro decirlo en estos tiempos ya que estamos acostumbrados a llorar gracias a las gotas de llanto que venden en Wal Mart y a sonreír tomando jugo de felicidad (jugo que, asegura Coca-Cola, es naranja y algo más). Según el abuelo la primera tienda en vender sentimientos fue una pequeña boutique en Londres, cuyos productos estrella eran el yogurth de satisfacción y las inyecciones de angustia. Luego las grandes empresas compraron las recetas, experimentaron con los químicos, hicieron rentable “sentir”  y masificaron el principal deseo de todos los humanos: comprar felicidad, administrar tristeza, regalar dolor, robar sonrisas,  malgastar regocijo y  romper el frasquito de pena. En un principio la gente compraba con temor, luego de unos meses el éxito era tal que se comenzó a comprar el temor (el cuál venía en forma de araña de plástico) ¡Si hasta a los adolescentes se les vacunaba contra la inmadurez!  Después de un par de años el mundo ya no sabía reír, llorar,  sufrir ni amar. Al comprar los sentimientos pronto la humanidad olvidó sentir y se acostumbró a que todos los objetos de su afecto dependieran de cuanto tenían en sus bolsillos.

Y allí estaba él, pensando en que algo raro pasaba. No era un malestar insoportable ni mucho menos, pero se sintió fatal aquel día en que probó un dulce de alegría y le supo a tristeza. Sí, a tristeza. No estaba del todo seguro porque no recordaba la tristeza pura, pero por un segundo pasó por su cabeza que había cogido el dulce equivocado o que el frasco de caramelos que compró en la micro tenía la fecha pasada. Le pidió a su novia que probara uno de los dulces, pero su enorme sonrisa demostró que para ella los caramelos de felicidad eran justamente de felicidad (cabe señalar que tener una novia sale un ojo de la cara: Hershey’s tenía la exclusividad del amor y te lo hacían recordar cada vez que comprabas sus corazones de chocolate).

Durante un par de semanas vivió con la interrogante en el cuerpo. Pero las cosas se pusieron feas cuando en el funeral del padre de su mejor amigo se empapó los ojos con gotas de tristeza y, para sorpresa y espanto de la familia del difunto, comenzó a reír a carcajadas. Ni siquiera las flores  de perdón que envió al día siguiente bastaron, el daño ya estaba hecho.   Se puso su chaqueta de enojo que había encontrado bajo el árbol de navidad y llamó al número de servicio al cliente impreso en la etiqueta de las gotas. Luego de un par de minutos consiguió una cita con uno de los ejecutivos de Wal Mart, distribuidor oficial del medicamento.

A pesar de que aquella mañana había lavado su cabello con el shampoo de entusiasmo, ni el más optimista de los hombres hubiera salido con la cabeza en alto de esa reunión. En Wal Mart le confesaron que hace algunos años se venía experimentando con la fórmula de tristeza y la de felicidad. Las ventas se habían ido a pique debido a la irrupción de Coca-Cola en el negocio y necesitaban de nuevos productos para competir. Una de las mentes creadoras de Wal Mart propuso agregar una pequeña dosis de alegría en la receta de tristeza (y viceversa), para obtener nuevos sabores más atractivos para los consumidores. A pesar de las dudas  y de lo ridículo de la idea, la estrategia funcionó, aumentaron sus ganancias y Coca-Cola se vio obligada a copiarles. Pronto se convirtió en una guerra de mezclas, compitiendo palmo a palmo por obtener la “tristeza más alegre” y la “alegría más triste” posibles. Las verdaderas fórmulas de la tristeza y de la alegría se perdieron en lo más profundo de las bodegas.

Le dijeron “quédese tranquilo”. Le prometieron que estaban buscando la manera de curar su malestar y que en África realizaban pruebas con un supuesto antídoto.  Se fue a su casa pensando en lo que había escuchado. ¿Cómo era posible confiar si ahora sabía que lo que vendían en los supermercados era un vulgar invento? ¿Cómo vivir sabiendo que todos sus sentimientos eran producto de una fría competencia por dinero?

Imaginó la cara de esos imbéciles ideando la manera de hacer más rentables sus negocios. Los imaginó como un montón de monos de terno, golpeando con ira el monolito que formaban los gráficos de productividad de su empresa. Y cuando imaginó eso…sin siquiera una gota de jugo en el cuerpo, ni un dulce en la boca, ni una inyección en el brazo… sonrió.

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PD: Estaba aburrido y hace rato que no posteo.

La Sombra de haber sido un Desdichado Febrero 8, 2009

Posted by secu in Baúl de Anécdotas, Cuentitos, Tonteras Personales.
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(Acompañar lectura dándole play al mp3)

Esta historia trata sobre un hombre viejo sentado en una esquina. No es importante que sea un hombre, tampoco tiene importancia que esté sentado en una esquina. Lo importante es que es viejo, muy viejo.

El hombre viejo lleva un abrigo amarillo y parece estar pensativo. Recuerda.

¿Qué cosas se recuerdan cuando toda tu vida es un recuerdo?

¿Qué hacer cuando llegas al momento de tu vida en el que te quedan más cosas por olvidar que por aprender?

Cuando el hombre viejo sentado en una esquina no era tan viejo (y no estaba sentado, ni siquiera estaba  en una esquina) tenía otro estilo de vida. Era más joven, por decirlo de alguna manera.

Tenía tres hijos, una hermosa esposa, un trabajo digno, un perro enorme y una camioneta que, a pesar de no ser de las mejores,  resistía el viaje anual de vacaciones. Cada domingo jugaba en una liga de futbol amateur, gustaba de ir al cine los jueves por la noche y era una real inspiración para sus hijos.

Todos sabemos que nada es para siempre.

El hombre viejo recuerda con exactitud el momento en que empezó a ser viejo (el momento que iniciaría la rapidísima carrera hacia su esquina). Lo recuerda como si fuera ayer.

A pesar de tener una hermosa familia y un futuro más que asegurado algo faltaba en su vida. Ese algo lo ponía nervioso. No sabía lo que era, sólo sabía que le faltaba.

Se acostumbró a llorar en la ducha, dejó de escuchar sus discos de Bon Jovi e intentó no comer más carbohidratos.

Su desesperación creció con el tiempo.

A la edad de 35 años ya era una persona totalmente ida. Odiaba todo y a todos.

Le apestaban las reuniones familiares, las que lamentablemente solían ser en su casa, pues era la más grande. Le fastidiaba ver a sus hermanos, sus sobrinos, los hermanos de su esposa, la suegra, el tío desconocido que andaba de pasada y los amigos de sus hijos que parecían no tener comida en sus propias casas los domingos.

Quisiera decir “una vez” pero es tan predominante en el resto de la historia que más vale la llamemos “esa vez”.

Esa vez el hombre no soportó más.

Era el cumpleaños de uno de sus cuñados y la fiesta sería, era que no, en la casa del hombre viejo (que, repito, en ese entonces no era tan viejo).  Los invitados fueron llegando, uno por uno. El hombre viejo observaba su llegada desde la ventana del segundo piso, con una sonrisa de poker.

Uno de los invitados, cuya identidad el hombre viejo prefiere ocultar, llega gritando groserias porque a su parecer no hay suficiente torta para satisfacer a los presentes. El hombre viejo, a pesar de estar en el segundo piso, dentro de su habitación, lo escucha.

El hombre viejo se desespera.

Aún está a tiempo, nadie lo ha visto.

Usa su as bajo la manga.

Se esconde debajo de la cama.

Decide pasar todo el día ahí abajo, para que nadie lo vea.

Rie.

Se siente libre.

Se siente nada.

Su esposa lo busca insistentemente. Registra todas las habitaciones.

¿Pero qué se iba a imaginar que  estaría debajo de la cama?

En un momento pensó en salir y mostrarse a la luz. Pero la idea fue desechada en seguida: nada más pensar en saludar a todos y soportar sus comentarios acerca de lo bonito que era reunirse en familia le hacía doler el estómago. Además no faltaría el desubicado que le sacara en cara la escasez de pastel.

Pasó 7 horas jugando con las hilachas que colgaban del colchón.

Cuando todos se fueron salió de su escondite, buscó a su esposa y le dijo “tuve que irme urgente a la pega, acabo de volver” antes de besarla.

La esposa encontró que era una terrible excusa, pero la dejó pasar.

Todo hubiera sido tan distinto si ella no la hubiera dejado pasar, pensó el hombre viejo sentado en una esquina.

Una esquina que ya no era cualquier esquina… era su esquina, la esquina del hombre viejo.

Y el hombre viejo siguió recordando. Por años.

En su esquina vio ponys tontos, perros cojos, hombre con una sola pierna o un solo brazo y espantapájaros rellenos sólo de polvo y trigo.

Recordó la infinidad de momentos de su vida que pasó escondiéndose debajo de la cama.

Una vez su hijo pequeño lo descubrio y él, utilizando el poder que le confiere el hecho de ser padre, le convenció que esconderse bajo la cama era “cosa de adultos” y que no tenía de qué preocuparse.

El niño consideró que era una explicación extraña la de su padre, pero la dejó pasar.

Si tan sólo no la hubiera dejado pasar, pensó el hombre viejo sentado en su esquina.

¡¡Hombre viejo!! Tú también la dejaste pasar. Tú más que nadie. Levántate, camina ¡¡sal de tu esquina!!

Pero el hombre viejo no puede escucharnos.

Mientras no pueda hacerlo, seguirá sentado en su esquina.

Y cuando salga el sol, se le iluminará la cara y recordará las palabras del maestro.  Descubrirá que ha pasado todo ese tiempo sentado a la sombra… a la sombra de haber sido un desdichado.

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PD: ****Spoiler Alert**** El 11 estoy de cumpleaños. xD

PPD: La canción es The Wrestler de Bruce Spingsteen (de la película The Wrestler).

PPPD: Sé que les debo mil posts… los publicaré en cuanto pueda. Estoy saliendo de una sequía creativa, pero he escrito bastante las ultimas 5 horas.

PPPPD: Está freak este post, pero es lo que me nace escribir ahora. =S

Segoe Marzo 11, 2008

Posted by secu in Contingencia Nacional, Cuentitos.
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Segoe era un chico listo, demasiado listo. Un par de palabras en el google, una visita a mapcity y una coca-cola light bastaron para que, en menos de 3 horas, encontrara al hombre de negro. Y no lo encontró en medio del desierto ni en un club mafioso, lo encontró dentro de su propia casa.

La casa del hombre de negro parecía la típica casita del barrio alto. Pero Segoe era listo, supo distinguir la muerte en su interior. Segoe sabía que el hombre de negro no lo dejaría entrar sin cobrarle. Y el alma es algo que no puedes pagar en cuotas.

La puerta estaba abierta (primera sorpresa)

El hombre de negro estaba sentado en un sillón al fondo de la habitación (segunda sorpresa).

El hombre sonrió y le señaló a Segoe el centro de la mesa.

Sobre la mesa, la vida (última sorpresa).

Ahí estaba, sumergida en un frutero. Lo que Segoe estaba buscando, la razón para seguir al hombre de negro e invadir temerariamente su antro, ese papel blanco con el que Segoe soñó durante tantas noches, noches que poco a poco perdían su importancia.

Segoe era listo. Demasiado listo.

No perdió segundo y se abalanzó contra la mesa, tomó con decisión el papel entre sus dedos y se aprestó para realizar una escapada épica.

Por unos segundos sintió que vivía. Que ese pedacito de papel blanco guardado celosamente en su mano se convertía en Dios y le prometía la vida eterna.

Nada hay más satisfactorio para un ser humano que cumplir sus metas. Segoe las había cumplido.

Pero la felicidad dura poco, Segoe lo sabía.

Antes que Segoe siquiera pensara en darse vuelta, el hombre de negro le rebanó los sesos con un balazo sobre su ojo izquierdo.

Segoe era listo, demasiado listo.

El hombre de negro se levantó, se acercó al cadáver y le arrebató el papel. Caminó a la habitación de al lado y, mientras silbaba el tema de La Misión, dejó la entrada en el baúl…

… junto a las otras 4999 que había reservado.

Poor Richard Marzo 9, 2008

Posted by secu in Cuentitos.
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Cuando Poor Richard recibió la carta no hizo más que sorprenderse.

¿Una carta para él?

Por mucho que lo intentó, no pudo recordar la última vez que había tomado entre sus manos un sobre con su nombre escrito en el centro.

(Poor Richard no lo sabía, pero esta era la primera carta que recibía en su vida)

La abrió torpemente con sus dedos, rasgando el sobre desmedidamente, casi como un regalo de navidad que no tiene forma de chocolate ni tacto de ropa.

Cuando se aprestaba a leer el primer párrafo su mente divagó.

No era una misiva amorosa, vaya que no. Poor Richard era de ese tipo de personas sin tiempo para perseguir a chicas que le escriban cartas. Además el siempre usaba el mail para toda comunicación interpersonal… si es que el mundo estaba tan loco para que alguna dama le escribiera a Poor Richard, probablemente lo haría a través de gmail.

(A Poor Richard le fascinaba gmail y era ya un experto. Hacía cosas que nadie más podría siquiera imaginar, como por ejemplo revisar el spam digitando in:spam en la barrita de búsqueda)

Tampoco podía ser una cuenta de una tienda comercial. Poor Richard no tenía deudas, siempre se preocupaba de pagar al contado y se reía de aquellas personas que gastaban más de lo que ganaban. Él era un hombre razonable, el último paso en la evolución, una persona que sabe lo que tiene y no ambiciona nada más. Además las casas comerciales solían enviar sus cuentas en coloridos sobres con la oferta más tentadora impresa en el lomo. Ese tipo de cosas Poor Richard la sabía por sus amigos, ya que él nunca había siquiera visto una cuenta.

Ya que se dio el tema, tampoco podía ser de uno de sus amigos. Los amigos de Poor Richard eran de una sola clase: virtuales. Amigos eran sus contactos de MSN, sus friends de facebook y sus contacts de gmail chat. Gente que nunca había visto en persona, pero que creía conocer perfectamente. ¿Cómo no conocer a las personas con las que pasaba conversando toda la noche? A pesar de ser tan buenos compañeros, Poor Richard jamás había compartido su dirección real con ellos. ¿Para qué? No esperaba que lo visitaran.

(Y si lo hicieran estaría obligado a esconder los discos de X-Japan, los libros autografiados de Coelho y el afiche tamaño real de Hannah Montana)

Cuando iba en el segundo párrafo lo comprendió todo.

Todo.

Se desesperó.

¿Por qué diablos había sido tan estúpido?

¿Qué le hizo pensar que debía leer esa carta?

Si una carta tiene escrita tu nombre en el sobre ¿Estás obligado a leerla?

Guardó la siniestra y reveladora carta en su sobre, lo lanzó contra la mesa y se sentó agarrándose la cabeza con ambas manos.

¿Qué hacer ahora?

¿Quemarla?

¿Esconderla y hacer como si nunca la hubiera leído?

Lloró.

Por mucho que lo intentó, no pudo recordar la última vez que había llorado.

(No les sorprenderá, pero era la primera vez que Poor Richard lloraba de veritas. Es cierto que solía escribir “T_T” por MSN, pero escribir “T_T” o “jajaja” no significaba que estuviera llorando o riendo en realidad)

Decidió comprar un sobre nuevo y enviarle la carta a otra persona.

No necesito escribir a quién.

No necesito contarles el contenido de la carta.

Todos alguna vez la recibiremos.

Tan sólo hay que esperar.

Pasajero Incógnito Febrero 17, 2008

Posted by secu in Contingencia Nacional, Cuentitos.
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La historia que les voy a contar no es ficción. Corresponde a un evento documentado, un hecho perdido en los anales de la humanidad. Hoy leo lo que recién acabo de escribir (y lo que ustedes se aprontan a leer) y una corriente helada recorre mi rostro, como el lamido de un perro muerto. Pensé en no publicarla jamás… pero también pensé en que todo ya está escrito y que si no lo hago probablemente otro lo hará. En cierto sentido ésta es la posibilidad que tengo para maquillar los sucesos y sacar a la luz la historia de Calibrí de manera clara, precisa y sin lugar para los débiles.

Calibrí es una hermosa ciudad, capital de un país que prefiero no nombrar (googleen por último). Como toda capital alberga una enorme cantidad de personas , tendiendo al desorden y la inmundicia. En sus inicios fue un pueblo productor de hemoglobina sintética (de vital importancia en el periodo post caída del Imperio Romano), pero desde el 1900, debido a una recesión, tuvo que cambiar su rumbo. En el último siglo aumentó considerablemente sus ingresos produciendo conejitos de pascua. Los Calibrianos se especializan en criar conejos, pintarlos de rosado o celeste, entrenarlos para repartir huevitos de chocolate y luego exportarlos a diversas partes del mundo donde el mito de la Pascua necesita ser mantenido. Eso, entre otras cosas, explica porque sus padres cuchicheaban entre ellos los días previos al Domingo Santo (estaban ajustando los últimos detalles de la encomienda). Y también explica los años en que no recibió chocolates (Calibri se volvió tan popular que muchas veces fue incapaz de satisfacer la demanda debido a la naturaleza monopólica del negocio).

La modernidad sobrecogió a Calibri. El alcalde tomó medidas tontas y desesperadas: Prohibió el uso de artefactos eléctricos los días 17 del mes, contrató 100.000 chinos como ciudadanos para que descongestionaran las calles con sus bicicletas y duplicó la extensión del Tren Subterráneo (Metro). Bonitos fueron los días en que el alcalde, tijera en mano, inauguró las nuevas estaciones. Algunas incluso tenían bar-restaurant, cine arte, piscina olímpica y estadio propio. “Cuando ves al alcalde cortando la cinta roja por televisión te sientes orgulloso de ser un Calibriano” comentaría Nod Clemaan, el cantante y cientista político más popular de Calibrí. Sus éxitos musicales (que usted puede descargar a través de su programa P2P favorito) fueron opacados por su supuesto romance con la hija del alcalde. Nunca se corroboró, pero Calibri no estaba dispuesto a siquiera sospechar que el gran Nod podría tener un romance con gente de esa talla. El tipo se desperfiló tanto que tuvo que dedicarse a la carrera más apabullada de todas (y la menos fiscalizada): política. ¿Quién iba a pensar que el autor de temas tan cándidos como “Baby, I’ll Kill You so Much” o “You are the Master-Key of My Heart” terminaría así?

La ciudad colapsó. El metro no se la podía. La gente se vio obligada a viajar apretada e incómoda. Era tal la desesperación por entrar a los vagones (entrabas a la fuerza o soportabas una espera de hora y media) que algunos, al ver los carros llenos, pedían que se les tomara y alzara al techo, como una estrella de rock lanzándose a su público. Cuando llegaban a su estación de destino pedían amablemente que se les lanzara hacia fuera. Esta técnica tuvo su popularidad, incluso personal de Metro instaló máquinas de Karaoke en los andenes, como para “preparar la atmósfera”.

Pero no todo el mundo consideró que convertirse en rock-star por un viaje era una buena solución. Pronto los disgustos se apoderaron de todos los corazones. La gente viajaba enojada, discutían entre ellos y terminaban a golpes. En las calles se organizaban marchas (que nunca se concretaban) y se colgaban carteles con leyendas del estilo “No somos animales”, “Por un Transporte Digno para Calibri” o “Vamos Calibri que esta noche tenemos que ganar”.

El Alcalde sintió que su carrera política estaba en peligro. Reunió a sus asesores (su perro favorito y un viejo senil que tenía la gracia de haber sido el único alcalde en la historia de Calibrí que no fue asesinado al final de su mandato) y se enclaustraron por 3 años buscando la respuesta. Cuando quedaban dos meses para las elecciones el alcalde salió a la calle, conversó con la gente y promocionó su propuesta: El Pasajero Incógnito. La idea era la siguiente: un empleado de Metro se disfrazaría de “persona” y viajaría de incógnito dentro de los vagones. Si él veía que alguien se comportaba de manera ejemplar o incentivaba los buenos modales y el cariño entre los usuarios, le regalaría un automóvil último modelo (para que no tuviera que usar el transporte público de nuevo). Los Calibrianos quedaron encantados con la idea.

En un principio todo funcionó perfecto. Cada  semana aparecía en el canal local número 37 (Calibrí tiene 350 canales propios) el testimonio de un feliz ganador. La mayoría había cedido su asiento a una viejecita o habían ayudado a un lisiado a subir las escaleras. El alcalde sonreía, su idea realmente había mejorado el ambiente dentro del metro. Es cierto que la gente seguía esperando horas y viajaba apretada, pero por lo menos ya no existía la violencia de antaño.

Pero luego de unas semanas el Pasajero Incógnito se volvió un caos, un arma de doble filo. El transporte público era tan malo que todos sentían que su última esperanza era ganar el auto que regalaban en el concurso. Se crearon websites especializados, administrados por antiguos ganadores, donde se enseñaban estrategias para sorprender al Pasajero Incógnito. A diario se actualizaba en YouTube un canal donde aparecían videos de los empleados de Metro que podían ser el Pasajero Incógnito, provocando persecuciones y extorsiones. La corrupción se apoderó del concurso. El caso más emblemático fue el de un Pasajero Incógnito que regaló el automóvil a uno de sus vecinos, quien lo llevaba todos los días al trabajo.

La situación era crítica… pero nada que una buena fiscalización (o un cambio periódico de Pasajero Incógnito) no pudiera solucionar. La verdadera agonía llegó de la calculadora y fría mente de Lamb Segundo. Lamb Segundo era un calibriano común y corriente, sin ninguna historia que contar y sin ninguna gracia que admirar. Viajaba en Metro todos los días para llegar a Chorizo-Express-Fantasy, restaurant céntrico y pintoresco donde trabajaba como mesero. Su existencia tomó vital importancia cuando se le ocurrió que podía ganar el Pasajero Incógnito si, al momento de que se abrieran las puertas del carro, dejaba pasar a todos las personas que querían entrar. Como cuando uno va a entrar a una puerta, se detiene, se hace a un lado y dice sonriente “las damas primero”.

La idea de Lamb era astuta, tentadora. Apenas la puso en práctica fue imitada. Todos se dieron cuenta que, copiando la idea de Lamb, podrían ganar el concurso. Al día siguiente los andenes se llenaron, pero nadie se subió. Todos esperaban “cortésmente” que el resto subiera primero, mientras los trenes se paseaban vacíos por las estaciones. El caos fue total. Las filas salían del subterráneo y daban vueltas por toda la ciudad. Calibrí fue una ciudad paralizada. Incluso algunos salían de su casa y la fila los esperaba en el antejardín. Cuentan que una persona, buscando el inicio de la fila, caminó tanto que llegó casualmente a su destino (su trabajo).

Pasó una semana y la situación fue insostenible. Los calibrianos, presionados por la necesidad de viajar, prefirieron olvidar al Pasajero Incógnito y volvieron a su acostumbrada violencia. La agresividad contenida durante tanto tiempo dio sus frutos. Se registró la mayor cantidad de empujones mortales a las vías del metro en toda la historia de Calibrí. Un tercio de la población murió atropellada por el tren o por la manada de personas que corría despavorida en las estaciones para tomar el metro. Un tercio de personas desaparecidas hizo que el servicio se normalizara y pudiera transportar a todos los ciudadanos a todos sus destinos.

El plan del Alcalde había surtido efecto. El día de su re-elección saludó a sus seguidores y prometió preocuparse por Calibri hasta las últimas consecuencias… por lo menos mientras estuvieran cerca las próximas elecciones.

 

PD: Cuando me cuesta dormir me gusta contarme cuentos. Éste se me ocurrió anoche. Como ven se me ocurren puras tonteras. XD

Galleta fundamental. Mayo 27, 2006

Posted by secu in Cuentitos.
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Martes, 6 de la tarde… usted enfrentado a tu dilema más grande.

Es el momento crucial del día, el instante en que toda su jornada se ve concentrada en lo que se podría llamar el cuesco del asunto.Respira lentamente, usted siente la vida en tus pulmones.

El paquete de galletas en sus manos… el chocolate pegoteada en tus dedos.

La mira fijamente.. la última.. el fin del deleite y el placer.

¿Cómo comerla? se pregunta usted.

¿De una mordida?

¿Lentamente?

¿La crema primero?

Ve toda tu vida pasando por sus ojos.

Pocas veces se ha sentido así…

Tan pocas veces ha vivido, pero vaya que tantas has muerto!

Mueres cada día… como si no le importara.

Y la galleta.. triste y sola galleta. Espera con esperanzas su último veredicto.

¿Por qué no piensa en ese gran pequeño conjunto de chocolate y aditivos?

¿Por qué debe ser usted y luego la galleta y no la galleta y luego tú?

¿Quién es usted para sentirte con tal poder?

Pero la calle es más que la galleta.

¿No te da vergüenza?

¿No sientes aunque sea un poco de lástima al mirar a su lado?

¿Y ese mendigo en la acera?

¿Y ese niño que busca su sueño en un mundo dormido?

¿Son ellos menos importantes que tu galleta?

¿Quién eres?

¿Dios?

Mira! La realidad no es un común entre todos

Su realidad no es la misma que la tuya.

¿Quién te asegura que la de usted es la más importante?

¿La galleta?

Finalmente la comes.

Usted la saborea con tu cara de poker.

El fin otra vez… el comienzo de nuevo.

¿Es qué acaso se puede?

Yo creo que no.

El Maestro de SF Abril 2, 2006

Posted by secu in Cuentitos, Vida Beauchefiana.
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Son las 1:30 PM y sólo me queda esperar. Observo a la gran masa de futuros injenieros mientras saboreo mi exquisito sandwich vegetariano (lechuga, tomate, palta, choclo y algo más). Hoy, desafiando a lo establecido, he decidido almorzar en la cafeta, frente a la máquina de Street Fighter.

Corren los rumores de que hoy es el día D, el gran duelo esperado por todos se llevará acabo antes que el sol se ponga.

No he sido el único, mucha gente se ha aglomerado en la cafetería y sonríe nerviosa. Algunos intentan romper el hielo hablando sobre las integrales o funciones que se les han aparecido en el día.

Beauchef entero se prepara para el acontecimiento del siglo: Alfonso Astorga y Andrés Abujadum se enfrentarán en el más grande desafío jamás visto. Una pelea de Street Fighter que lo decidirá todo. Para ellos es más que un juego, son sus filosofías de vida puestas a prueba.

Alfonso es un jugador experimentado y lleno de técnica. Décadas de entrenamiento y extensas horas de teoría lo convierten en un jugador sólido y, por sobre todo, demasiado prolijo. Él representa a la Old-School, el espíritu que tan famoso ha hecho a Street Fighter. Su ideal es la perfección su estilo no da cabida a errores. Un maestro… uno de los pocos que van quedando.

Andrés, en cambio, es el más claro representante de lo que se ha llamado la New Age, un grupo de nuevos jugadores que, dejando un poco de lado la técnica, centran su juego en la garra, la improvisación y la suerte. No tienen ideas preconcebidas, sólo juegan. Crean la estrategia sobre la marcha y confían en que un jugador apasionado puede vencer a cualquiera.

Dan las 1:35 y ambos personajes hacen su entrada triunfal. En medio de vítores hacen el saludo de rigor, meten sus 100 pesos en la máquina y comienzan a luchar.

El silencio lo invade todo. Por unos momentos las integrales dejan de ser tan interesantes y el Street Fighter se convierte en el centro de Beauchef. Dos mundos chocan y juran detruirse mutuamente.

En un principio Alfonso logra aventajarse y dominar la partida. Sin embargo Andrés nunca dio la pelea por pérdida. Poco a poco la estrategia de Astorga va cediendo terreno ante la fuerza de Abujadum. La gente grita y se emociona mientras aplauden cada buena jugada.

Llega el último round y la pelea está equiparada. Ambos jugadores han mostrado sus armas y están absolutamente concentrados en ganar.

Días después Alfonso me comentaría:

“Dicen que la probabilidad de que un montón de chimpancés sentados frente a cien máquinas de escribir logren reproducir una obra completa de Shakespeare (luego de un par de meses tecleando sin sentido) es muy alta. Algo así pasó aquel día”

Mientras que Andrés diría con orgullo:

“He demostrado que para ser un buen jugador no es necesario haber practicado años… basta con sentir que cada peleas es como si fuera la última”.

Astorga perdió.

Yo y decenas de beauchefianos fuimos testigos de la caída del último de los maestros, el último vestigio de un pasado olvidado.

Siempre es así.

La nueva generación se abalanza sobre las tradiciones y lo destruye todo. Siglos de minuciosa enseñanza se destrozan para siempre. Porque el mundo sigue su curso y, algún día, todos nos veremos aplastados por él.

Hoy le tocó a Alfonso, mañana será Andrés y pasado cualquiera de nosotros. El curso natural de las cosas es algo tan inevitable que incluso da miedo.

Pensar que, en algún momento, todo lo que queremos se nos arrebatará, todo lo logrado se convertirá en fracaso y todo lo que alguna vez fue, nunca lo será.

Me levanto desesperanzado hacia la salida. Me hubiera gustado haber fotografiado a Alfonso en el momento justo antes que perdiera. Hubiera sido un recuerdo imborrable de su mejor época, el último segundo de vida en que fue un ganador.

Sólo espero que, antes que lo perdamos todo, alguien sea capaz de tomarnos esa foto y guardarla para siempre.

Memento mori.

Memento mori too.

PD: Un muy muy muy muy muy humilde homenaje a Kawabata.

PPD: Cualquier semejanza con personas vivas o muertas es sólo coincidencia.

Too old to dance too young to die Febrero 27, 2006

Posted by secu in Cuentitos.
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Sucedió hace un par de años, cuando todavía era un alumno de enseñanza media. Me gustaba caminar por el centro después de clases. No existía mayor placer que ver las caras de angustia de la gente al caminar por el Paseo Ahumada. Porque Santiago es una ciudad enferma, una ciudad de la que todos quieren salir y ojalá nunca volver. Un lugar marcado por el sueño de ser otro, por la esperanza de que en algún momento todo lo perdido volverá.

En Santiago desaparecen cosas, lo supe desde ese día. Desaparecen o se olvidan sin que nadie lo note. Es algo tan natural y obvio como el llanto del hombre sin piernas que mendiga al frente del Mc Donald.

Mi obejtivo era generalmente vitrinear por las librerías. Me fascinaba admirar la inmensidad del hombre frente a mi pequeñez, la ironía de desear tanto unos libros que jamás podría comprar. Cada cierto tiempo (luego de haber soportado reiteradamente la visita de mi abuela María) lograba reunir el dinero suficiente para adquirir un libro. Uno, sólo uno. Uno de bolsillo y tapa blanda, no alcanzaba para más. Entraba lleno de orgullo a la Feria Chilena del Libro y me paseaba con cara de posible-gran-comprador hasta que uno de los vendedores me atendiera.

Siempre era la misma pregunta:

¿Qué busca señor?

Nunca era la misma respuesta.

Hay más libros que lectores, lo tenía más que claro. Yo no elegía los libros, esperaba que ellos me eligieran a mí. Tal y como lo hacen los perritos en las tiendas de mascotas o las sandías en los almacenes de barrio.

Ese día iba en busca de un libro, un libro que jamás compré. Casi al llegar a Huérfanos me topé con las persona que cambiaría mi vida para siempre.

Sí, suena como película romántica de los '90, pero así fue. A los chilenos nos cuesta entender que no todo es como los western o las películas de Bruce Lee. De vez en cuando se estrena algo de buen cine en nuestras propias narices. Cine sin avant-premier, sin fans, sin crítica previa, sin pop-corn ni hielo con pepsi vencida. Cine de verdad.

Una niña bailaba en medio del tumulto. Se movía graciosamente al son de un vals imaginario, una danza renacentista llena de alegría y delicadeza. Reía mientras esquivaba a la gente con sus pasos, como si no estuviera en el Paseo Ahumada. Como si Santiago, por un momento, sucumbiera ante sus movimientos.

Creo haberla observado por horas. Nunca me pude explicar el porque. Me cautivó, no tengo nada más que decir.

Un hombre me empujó y me hizo perderla de vista. La busqué corriendo por todo el centro, pero nunca la encontré.

Volví todos los días a la misma hora, esperando verla otra vez. Fueron meses de locura, meses en que lo hubiera dado todo por volverla a ver.

No era su fabuloso traje blanco lo que me atraía. Tampoco su platinado cabello o su figura angelical. Era su rostro. Esa cara de alegría, ese semblante que desafiaba los horrores de la ciudad. Sus ojos llenos de determinación, su mirada convertida en una salida, un escape a mi eterna condena, a mi fatídica desolación.

Ese rostro se repitió toda mi vida. Como si me persiguiera, como si el destino lo hubiera tatuado en mi débil espíritu.

Ese mismo rostro tuvo la Fede el día en que decidimos perder al hijo que quizás debimos tener.

El mismo rostro de mi esposa cuando inocentemente nos casamos ante Dios y nuestras familias.

El mismo rostro que volví a ver 18 años más tarde, cuando mi hija decidió quitarse la vida bailando en la línea del tren.

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PD: Maldición! Me salieron más de 100 palabras. Este cuento no va para el metro.

Pinzhelandia Febrero 16, 2006

Posted by secu in Baúl de Anécdotas, Cuentitos, Tonteras Personales.
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Son las 2 de la tarde y es hora de tomar una Coca-Cola Express.

Siiiii… me encanta la coca (cola), en especial la express. Es tan crítica, tan irónica, tan de mi época! Llegar, tomar y devolver lo que sobra, ¿No es eso acaso lo que hago con todas las cosas? Suena gracioso, pero esa bebida resume mi vida…. la representa.

Así que camino por Balmaceda, hacia la tienda Con-Pinche, ubicada en el corazón de Buin.

Cuatro personas atendiendo, me huele raro. Aparte del Diego y su padre se encuentran dos caras nuevas, dos extraños, dos extranjeros.

Pido mi Coca-Cola y me siento afuera a observar. Este quizás es el momento más feliz de mi día, el momento en que lo comprendo todo. Porque esta tienda es más que un comercio, es un espejo de la humanidad… una estación obligada para el tren de la vida moderna.

La tienda está conceptualmente dividida en dos: A la derecha golosinas, helados, bebidas, galletas, chicles, chocolates… confites. A la izquierda pinches, cordones, cinturones, lazos, cosméticos, pañuelos… accesorios de vestir. Todo esto mirando desde la entrada. Si usted mira desde la salida debe invertir el orden de las cosas… o mejor… ordenar las cosas a la inversa.

Entra una niña.

Mira a ambos lados.

….

Que momento más crucial! Que momento más fundamental en su vida!

¿Confites o moda?

¿No es acaso esta tienda el quiebre mismo de la juventud? ¿No es acaso este lugar la delgada línea entre la infancia y la adolescencia?

Una niña que se debate entre un par de aros y un helado de chocolate es un tema complicado, delicado diría yo. Lo mismo la señora que acaba de entrar y no sabe si comprar un pañuelo dorado para el vestido que usará la noche del sábado o un chocolate Nikolo para su hijo que lleva en brazos.

Y no estoy hablando de muejeres exclusivamente. Los chicos también van a comprar cordones para sus zapatillas, o incluso aros.

El simple acto de elegir entre izquierda o derecha es sin duda el momento más importante de una persona. Porque nosotros no somos más que hechos… el hombre y su circunstancia. Para esa niña, el haber elegido la izquierda de la tienda significó mucho, lo fue todo por un instante. Dejó de ser una niña, pasó a ser una persona.

La vida es como la botella que tengo en la mano: una vez usada hay que devolverla. Pocos lo miran así, especialmente cuando somos niños. Pero luego, cuando empezamos a cambiar nuestro lado de tienda, nos damos cuenta que vivimos en una tragedia. Una historia con un final trágico para todos, una batalla final contra la muerte…. una batalla donde sólo podemos perder.

Miro con atención. Siento que lo comprendo todo. Ya no es necesario hacerse más preguntas. La clave y el sentido de la vida pueden encontrarse facilmente en esta tienda. No hay margen, no hay lugar a la intepretación.

Respiro con alivio. Puedo morir en paz. ¡Todo está tan claro!

Entro a la tienda, miro para ambos lados y pregunto:


¿Dónde les dejo la botella?

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No es ficción, es realidad.

Más información en http://pinzhelandia.blogspot.com

Es mi tienda favorita!

En ella he conocido personas muy simpáticas y he podido cumplir uno de mis tantos sueños: atender una tiendita bonita.

XD